Hace casi cuatro meses que comenzó la emisión de
una nueva edición del reality show Gran
Hermano (GH7 o GH 2012 versión Argentina) que tiene como particularidad ser
la más larga y a la vez la menos visionada desde que el ciclo comenzó en 2001.
Bajos presupuestos, eterno retorno de lo mismo en cuanto a la propuesta
estética, un casting compuesto por un grupo de muchachos y muchachas sin
actitud, sin imaginación y sin concepto para jugar a Gran Hermano, renuncia en
medio del ciclo de Jorge Rial –su gran conductor desde 2007-, continuos e
incomprensibles cambios en las reglas del juego, clausura de las redes sociales
y de toda interactividad con la audiencia (incluso sin público en los estudios
los días de Galas), y por sobre todas las cosas una compulsión por parte del
equipo de producción del programa para intervenir como juez y parte en todos y
cada uno de los eventos interfiriendo en la fluidez del juego y en la
espontaneidad de los participantes, son algunos de los motivos por los cuales
hasta los fans más duros del reality
le han dado la espalda.
Es cierto que en todo el mundo estamos viviendo la
época del ocaso de los reality show estilo Big Brother y que solo son una
sombra en pena de lo que eran hace una década atrás, pero para entender mejor
el caso argentino hay que poner el programa en el contexto de la crisis general
que atraviesa la televisión argentina que no solo es económica sino también de
inadaptación a las profundas transformaciones que están sucediendo en el campo
de la comunicación. La televisión argentina todavía no ha caído en cuenta de la
convergencia digital / cultural entre los medios tradicionales e Internet, de
modo que los programas que produce siguen siendo aquellos clásicos del
broadcasting en los que la producción produce para sí misma porque entiende que
los espectadores son pasivos, tontos, meros consumidores acríticos de cualquier
cosa que se les ofrezca. Gran Hermano nació con Internet y fundó una televisión
en la que la participación activa de la audiencia la convertía en el verdadero
productor de interpretaciones y protagonista del formato. En el caso argentino
volver a las fuentes, a lo clásico, sería –paradójicamente- hacerse actual,
novedoso y atractivo.

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